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JULY 2025 Read English Version Here La justicia bíblica como camino de restauración: una mirada teológica para nuestro tiempo Por Dr. Harold Segura “No podemos amar a Dios si no amamos a nuestros herm
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La justicia bíblica como camino de restauración: una mirada teológica para nuestro tiempo
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“No podemos amar a Dios si no amamos a nuestros hermanos. Y no podemos amar a nuestros hermanos si no hacemos justicia con ellos”
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Hablar de justicia, hoy más que nunca, es hablar de humanidad. El concepto de justicia atraviesa nuestras sociedades globalizadas, fracturadas por conflictos armados, migraciones forzadas y flujos de movilidad humana, inequidades estructurales y exclusiones que persisten en formas antiguas y nuevas. Sin embargo, también es un concepto que se ha vuelto escurridizo. ¿Qué significa justicia para una víctima de guerra? ¿Qué representa para una persona encarcelada por años sin juicio? ¿Qué esperanza ofrece a quienes ven la ley utilizada como instrumento de represión en lugar de protección?
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En este escenario complejo, la teología tiene algo que decir. No como voz única ni como tribunal moral, sino como ejercicio de discernimiento desde la fe. La teología bíblica de la justicia nos invita a volver a las Escrituras no solo para interpretar sus textos, sino para ser interpelados por ellos. Nos llama a comprender la justicia no como una idea abstracta, sino como una experiencia concreta que toca la vida de las personas y el corazón de Dios. El punto de partida de toda reflexión teológica no es otro que la realidad. La tradición bíblica —especialmente cuando se lee desde las experiencias humanas de dolor, esperanza y búsqueda de sentido— nos muestra que Dios no es indiferente al sufrimiento.
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“La justicia, en el horizonte bíblico, no se limita a la legalidad ni a la sanción, sino que se despliega en múltiples dimensiones que revelan el carácter de Dios y su deseo de redención para toda la creación.”
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En este marco, propongo una lectura teológica de la justicia a partir de cuatro dimensiones complementarias: la justicia retributiva, distributiva, restauradora y reparadora. La justicia retributiva es quizás la más conocida y asociada al ámbito jurídico. Se refiere a la aplicación de la ley y al castigo del culpable. Está presente en diversos pasajes del Antiguo Testamento (Dt.19:21; Ro.13:4) y forma parte del anhelo humano por proteger a las víctimas y sancionar la maldad. Sin embargo, incluso esta forma de justicia no es puramente punitiva en la Biblia. El mismo Dios que establece leyes también crea espacios de misericordia, como las ciudades de refugio, donde el juicio no se convierte en linchamiento. La justicia distributiva introduce la preocupación por la equidad. No se trata de castigar, sino de compartir. Es la justicia que cuestiona la concentración de bienes, la marginación sistemática y las relaciones económicas desiguales (Lev.25:35-36; Is.58:6-7). Se encuentra en los profetas, que denuncian a quienes explotan al débil, y reclaman una vida social basada en la solidaridad y la dignidad para todos. Esta dimensión de la justicia bíblica conecta con el anhelo profundo por sociedades más justas, donde nadie tenga demasiado y nadie tenga demasiado poco.
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La justicia restauradora da un paso más allá del juicio y la redistribución. Busca la transformación del culpable y la sanación de las relaciones rotas. Parte del principio de que la persona no se reduce a su delito, y que la reconciliación es un camino posible. En el Nuevo Testamento, esta dimensión brilla con fuerza en la vida y enseñanzas de Jesús (Lc.19:8-10; Jn.8:10-11). El perdón, la inclusión del marginado, las comidas compartidas con pecadores, son expresiones de una justicia que no se complace en el castigo, sino que anhela la restauración de la vida. La justicia reparadora, por su parte, abraza una visión aún más amplia: no se limita al individuo ni a la sociedad, sino que abarca la creación entera. Dios no solo quiere corregir el mal, sino sanar el mundo (Lev.25:10; Ro.8:19-21). Este enfoque, presente tanto en el pensamiento judío (como en el concepto de tikún olam, la reparación del mundo) como en las cartas del Nuevo Testamento, nos invita a comprender la justicia como participación en la restauración de todo lo que ha sido herido: desde las relaciones humanas hasta los ecosistemas. La iglesia, entonces, es llamada a ser co-laboradora (a laborar junto con) en esta tarea sanadora. Todas estas dimensiones confluyen en Jesús. Él no vino a abolir la ley, sino a cumplirla; no a perpetuar el sistema sacrificial, sino a transformarlo desde la misericordia. Jesús no evitó hablar de justicia, pero la redefinió radicalmente. En sus parábolas, los últimos son los primeros, el pecador es acogido, el trabajador de última hora recibe el mismo salario, el hijo pródigo es celebrado. La justicia de Jesús es desconcertante, porque descoloca nuestras lógicas de mérito y castigo. Es una justicia escandalosamente inclusiva, que denuncia la hipocresía religiosa y desarma los mecanismos de exclusión. Este modelo de justicia plantea desafíos teológicos y eclesiales significativos. Primero, nos recuerda que seguimos a una persona, no a un código. La interpretación de la Escritura debe hacerse desde el rostro de Jesús, que nos revela cómo es Dios y qué significa vivir justamente. Segundo, invita a la iglesia a ser un espacio contracultural, donde la gracia desborda los méritos, y la dignidad se afirma por encima de los errores. La comunidad cristiana no es un tribunal, sino una casa de reconciliación. Finalmente, esta justicia redefine la misión. No es solo anunciar el evangelio, sino vivirlo.
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“No es solo predicar la salvación personal, sino participar en la restauración de todas las cosas.”
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La misión es colaborativa, integral y transformadora. Involucra a la iglesia en los asuntos del mundo: la política, la economía, el cuidado del planeta, las relaciones rotas. Es la proclamación del Reino como realidad presente y futura, donde “se besan la justicia y la paz” (Sal 85,10). Hoy, en medio de tantas tensiones globales, esta teología de la justicia no es un lujo accesorio de la fe, sino una necesidad perentoria. Una justicia que castigue al opresor, pero no excluya al arrepentido; que redistribuya con equidad, restaure con ternura, repare con esperanza y acoja con corazón bondadoso y justo. En síntesis, una justicia que no se limite a leyes humanas, sino que se inspire en el amor de Dios. Una justicia que nos llame a ser discípulos de Jesús, portadores de buenas noticias para un mundo roto.
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Harold Segura es pastor evangélico bautista, teólogo y administrador de empresas. Miembro de la «Fraternidad Teológica Latinoamericana» (FTL) y de la Junta Internacional del Movimiento «Juntos con la Niñez y la Juventud» (MJNJ). Pastor bautista desde 1980, teólogo y administrador de empresas. Ex-rector del Seminario Teológico Bautista Internacional (1995-2000), hoy Fundación Universitaria Bautista. Profesor universitario y docente teológico desde 1985. Vinculado al trabajo de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y especialista en áreas de fe y desarrollo desde el año 2000. Director de Fe y Desarrollo de World Vision Mundial para América Latina y El Caribe. Autor de obras sobre liderazgo, espiritualidad y teología de la niñez.
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