OCTUBRE
“La grandeza de una nación a costa de los oprimidos: Judá confrontada por Jeremías”
Por: Obispo Dr. Luis Alba Rodriguez
¿Cómo se mide la grandeza de una nación? ¿Por su riqueza, sus edificios, su poder político o la fortaleza de sus instituciones? Para el antiguo reino de Judá, la respuesta parecía encontrarse en sus palacios, sus murallas y la majestuosidad de su templo. Sin embargo, en medio de aquella aparente grandeza, surgió una voz profética que desafió esa manera de entender la prosperidad. Era Jeremías, quien presentó una medida distinta: la verdadera grandeza de una nación se revela en la manera en que trata a sus más vulnerables.
Aquella palabra confrontó a los gobernantes de Judá hace más de dos mil quinientos años. Aunque los tiempos han cambiado, su mensaje continúa interpelando a nuestras sociedades, a nuestros líderes y, particularmente, a la iglesia.
Jeremías profetizó durante los últimos años del reino de Judá, entre los siglos VII y VI antes de Cristo. Eran tiempos de incertidumbre política. Asiria comenzaba a desmoronarse, Babilonia emergía como una nueva potencia y Judá intentaba sobrevivir entre imperios que disputaban el control de la región.
Después del reinado de Josías, recordado por sus reformas religiosas, llegaron al trono sus descendientes: Salum, también conocido como Joacaz; Joacim; y posteriormente Jeconías, hijo de Joacim. Sus historias quedaron marcadas por una misma realidad: el alejamiento de la justicia que Dios esperaba de sus gobernantes.
Sin embargo, la palabra de Jeremías no comenzó con una sentencia de destrucción, sino con una oportunidad para cambiar de rumbo. Dios extendió una invitación al arrepentimiento, porque el propósito de la voz profética no es solamente denunciar el pecado, sino llamar al pueblo a regresar al camino de la fidelidad.
“Esta enseñanza encuentra un eco poderoso siglos después, en la parábola del buen samaritano.”
Dios envió a Jeremías a la casa del rey con una instrucción sencilla, pero exigente: practicar el derecho y la justicia, rescatar al oprimido, no maltratar al extranjero, al huérfano ni a la viuda, y no derramar sangre inocente (Jer. 22:1-3).
No era una recomendación secundaria, sino una exigencia fundamental del pacto entre Dios e Israel. La legitimidad del rey no descansaba únicamente en su descendencia de David, sino también en su obediencia a Dios, especialmente en la defensa de quienes carecían de poder.
Esta enseñanza encuentra un eco poderoso siglos después, en la parábola del buen samaritano. Jesús presenta a un hombre herido y abandonado. Un sacerdote y un levita lo ven y pasan de largo. Finalmente, un samaritano, despreciado por muchos, se detiene y responde con misericordia (Lc. 10:30-37).Tanto Jeremías como Jesús nos recuerdan que la verdadera fidelidad a Dios no se demuestra solamente mediante una posición religiosa, sino en nuestra respuesta al sufrimiento humano.
Esta advertencia adquiere un rostro concreto en las historias de los reyes de Judá.
“Quien oprime al pobre también ofende a su Creador (Pr. 14:31).”
Joacaz, hijo de Josías, reinó apenas tres meses antes de que el faraón Necao lo llevara cautivo a Egipto (2 R. 23:31-34). Jeremías declaró que no debían llorar por Josías, el rey fallecido, sino por aquel que partía al destierro y nunca regresaría. Su historia nos recuerda que el prestigio y los privilegios pueden desaparecer rápidamente. La grandeza que depende exclusivamente del poder es frágil.
Después llegó al trono su hermano Joacim, y con él la denuncia profética adquirió un tono más directo. Joacim quería construir un palacio impresionante, con habitaciones amplias y acabados lujosos. El problema no era su deseo de construir, sino el precio humano de aquella construcción.
Según Jeremías, Joacim levantó su palacio utilizando el trabajo de personas a quienes no pagó justamente (Jer. 22:13-14). Detrás de sus paredes se escondía el sufrimiento de trabajadores explotados. Su comodidad estaba siendo financiada por la injusticia.
Dios denunció aquella conducta como una ofensa moral y espiritual. Quien oprime al pobre también ofende a su Creador (Pr. 14:31).
Aquí encontramos una enseñanza fundamental: no toda prosperidad es señal de la bendición de Dios, especialmente cuando se construye a costa de la dignidad de otros.
Las consecuencias tampoco terminaron con Joacim. Su hijo Jeconías heredó un reino debilitado y amenazado por Babilonia. Su historia nos recuerda que muchas veces las nuevas generaciones reciben las consecuencias de decisiones que no tomaron. Ni siquiera su posición dentro de la dinastía podía garantizar su futuro (Jer. 22:24-26).
Sin embargo, en medio de estas historias de fracaso, Jeremías dirige nuestra mirada hacia Josías, quien ofrece un contraste esperanzador.
Josías también disfrutó de los privilegios propios de un rey. Comía y bebía, como señala el texto. Pero había algo que lo distinguía de sus descendientes: defendía la causa del pobre y del necesitado.
Entonces Dios formula una pregunta extraordinaria: «¿No es esto conocerme?» (Jer. 22:16).
Dios relaciona el conocimiento de su persona con la práctica de la justicia. Esto no significa que la doctrina, la oración o la adoración carezcan de importancia. Significa que una espiritualidad auténtica debe producir frutos visibles en nuestra manera de tratar a los demás.
Podemos tener templos llenos, programas exitosos y una intensa actividad religiosa. Pero si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros vecinos, debemos preguntarnos qué dimensión de nuestra fe hemos dejado de vivir.
“Detrás de las estadísticas existen historias humanas.”
Y es aquí donde la historia de Judá deja de parecernos distante.
En Estados Unidos viven millones de inmigrantes latinoamericanos que contribuyen diariamente al bienestar de nuestras comunidades. Levantan edificios, cosechan alimentos, cuidan ancianos y realizan labores esenciales. También son padres, madres, estudiantes, vecinos y miembros de nuestras congregaciones.
Detrás de las estadísticas existen historias humanas. Familias que han construido una vida durante décadas, niños que conocen este país como su hogar y personas que viven con incertidumbre sobre su futuro.
Algunas enfrentan el temor de las redadas, las detenciones prolongadas y la separación familiar. Otras experimentan abusos laborales, salarios retenidos o amenazas relacionadas con su situación migratoria.
Ante estas realidades, resulta difícil leer la denuncia contra Joacim sin encontrar paralelos. Aquel rey construía su grandeza utilizando el trabajo de personas a quienes no trataba con justicia. Hoy también debemos preguntarnos si disfrutamos de los beneficios del trabajo de los inmigrantes mientras ignoramos sus condiciones de vida.
Un Estado tiene la responsabilidad de administrar sus fronteras y establecer leyes migratorias. Los cristianos pueden sostener posiciones distintas sobre las políticas apropiadas. Pero existe una convicción bíblica que no debería perderse: la dignidad del extranjero no depende de su condición migratoria.
Dios recordó a Israel que debía amar al forastero porque también había vivido como extranjero en Egipto (Lv. 19:33-34). Siglos después, Jesús declaró: «Fui forastero, y me recibieron» (Mt. 25:35).
Por eso, la pregunta profética no se limita a lo que establece la ley, sino también a cómo se aplica. ¿Se garantiza el debido proceso? ¿Se protege a los niños? ¿Se considera el impacto de la separación familiar? ¿Se trata con dignidad incluso a quienes han infringido una norma?
Esta reflexión encuentra dos aportaciones importantes en la teología latinoamericana.
La primera es la Imago Dei, la convicción de que cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios (Gn. 1:26-27). Su dignidad no depende de documentos, fronteras, nacionalidad o productividad económica. Para nuestras congregaciones, esto significa afirmar el valor de quienes enfrentan rechazo y exclusión, sin responder con odio hacia quienes piensan diferente.
“Dios recordó a Israel que debía amar al forastero porque también había vivido como extranjero en Egipto (Lv. 19:33-34).”
La segunda es la misión integral, desarrollada desde América Latina por pensadores como René Padilla, Samuel Escobar y Orlando Costas, y fortalecida en el contexto del Congreso de Lausana de 1974.
Su enseñanza central es que el evangelio alcanza a la persona entera. La proclamación de Jesucristo y el compromiso con la justicia no son misiones enfrentadas, sino expresiones de una misma fidelidad cristiana.
Para nuestras iglesias, esto significa acompañar a familias migrantes, facilitar orientación legal, ofrecer apoyo pastoral, defender a trabajadores explotados y abrir nuestros templos como espacios de hospitalidad y solidaridad. También significa levantar una voz pública cuando las circunstancias lo requieren, sin quedar subordinados a ningún partido político.
La iglesia no necesita convertirse en un partido para ejercer su responsabilidad profética.
Su compromiso nace de la Palabra de Dios.
Al regresar a Jeremías 22, descubrimos que su mensaje no pertenece únicamente al pasado. Dios continúa llamando a su pueblo a practicar la justicia, ejercer la misericordia y defender la dignidad humana.
La verdadera grandeza de una nación no consiste solamente en lo que construye, sino en cómo trata a quienes viven dentro de sus fronteras. Y la profundidad de nuestra espiritualidad no se revela únicamente en cuánto sabemos acerca de Dios, sino en cuánto de su justicia y misericordia reflejamos en nuestra vida.
La iglesia tiene hoy la oportunidad de demostrar que su fe no termina en las paredes del templo. Que la adoración también se expresa en el amor al prójimo y que anunciar el evangelio significa proclamar esperanza y acompañar a quienes sufren.
Entre esos rostros están los inmigrantes, las familias separadas y los trabajadores explotados. No estamos llamados a verlos únicamente como estadísticas o problemas sociales, sino a reconocer en ellos la imagen de Dios.
Y así, después de recorrer los palacios de Judá, escuchar la denuncia de Jeremías y contemplar los desafíos de nuestro tiempo, regresamos a una pregunta que atraviesa los siglos y alcanza nuestra conciencia:
«¿No es esto conocerme?» (Jeremías 22:16).
Sobre el Autor
Luis Alba Rodriguez
Luis Alba y Tere Alba son Pastores fundadores del Centro Cristiano Cántico Nuevo en la Ciudad de El Paso Texas por 25 años. Conforman una familia ministerial y ha dedicado 20 años a la abogacía y justicia social por la comunidad inmigrante.
Es candidato a DMin. Doctorado en Ministerio por el Western Theological Seminary, posee una Maestría en Artes de Estudios Bíblicos y un Posgrado en Certificado Pastoral por el WTS., es Licenciado en Teología por El Centro de Estudios Teológicos Fuente de Vida en Mexico, además posee un Diploma en bachillerato en Estudios Teológicos por La Asociación de Escuelas Ministeriales West Texas and Plains District de Las Asambleas de Dios.
Es miembro del Executive Board de NALEC (National Latino Evangelical Coalition) y trabaja con la Asociación de Pastores en la Ciudad de El Paso TX.
Es escritor del poema Solo Somos Inmigrantes.